Sí, su voz es parecida a la de otros grandes orbes. Pero sus habitantes de 1950 reconocerían que es la misma hija de siempre. Aunque lejos queden los días en que República del Salvador era más afín al café que a la fayuca.
Es que ahora Ciudad de México es más bien adolescente.Desde el octavo piso del Sears frente a Bellas Artes hay un café. Al llegar desde temprano verán cómo se cubre de capas de sonido: Primero las corrientes de aire jugando “las traes” en las columnas. Pasos diligentes, rueditas de poleas, carritos y bicicletas se unen. No atraen la atención al ser atropelladas por los guturales: camiones de carga (o de pasaje, es igual para el chofer).
Gargantas rasposas, como silbatos y gritos, se unen al teatro experimental. Se potencia con algún happening (accidente). Cuando los decibeles llegan al dependiente del café, éste los combate con el éxito pop del momento –otra prueba de que la ciudad es adolescente.
Nuestra cabeza padece un lapsus de misericordia y les ve con mejores ojos, ¡hasta con cariño! Incluso pensamos que tantos chifles, subidas, bajadas, autos, gritos y mentadas de todo resultan pintorescos y hasta deseables. “Es parte de la belleza de nuestra ciudad”, decimos.
Pero lo cierto es que no es divertido que nos aludan nada, ni que despotriquen contra uno porque el auto quiere dar la vuelta “ahora”. Si “oríllese a la orilla” es para nosotros, el folclor huele a corrupción. Y la prima donna del último choque no se está riendo.
Con todas sus letras: hay muchos sonidos que están demás.
Cierto: el día en que los quiten olvidaremos dónde dar la vuelta. Los extrañaríamos. Pero es más deseable afinarnos. Somos sus cuerdas vocales.
Nosotros cambiamos y lo hará también su voz, un poco más melodiosa u otro tanto más insoportable.
Pero hace falta. Y si mudamos hábitos, la ciudad lo hará con nosotros. Podría sonar a civilidad y ecología: a “perdone usted” y latitas en el bote de la basura. Seguirá siendo la inigualable Ciudad de México, sólo que con clases de canto.
Y mi loco amor por esta adolescente, a la que le canto en sus calles, desde Santa Fé hasta Aragón y desde Culhuacán hasta pasando Cuatro Caminos, le cambiará un poquito el sonido.
En esta serenata le digo que sueño con ella como “la” dama. Sabe a dónde va, sabe cuándo cantar ópera, cuándo metal y cuándo las cumbias. ¿Qué perder con intentarlo?
Adiós mi querida Ciudad de México. Que si se puede dejar alguien por amor, me mudaría lejos porque estoy loca por ti.
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